La eterna pregunta sobre nuestra conducta

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Constantemente estamos frente a la pregunta qué debemos hacer frente a determinadas circunstancias. Es una eterna pregunta; por lo demás, difícil de contestar inmediatamente. Generalmente se presenta de forma sorpresiva e inesperada. Algunos ejemplos pueden ser; debo o no entregar una suma importante de dinero que me he encontrado en una billetera, debo o no dar de mi dinero a alguien que lo necesita más que yo, debo o no mentir, debo o no hablar mal de alguien, debo o no ser feliz o merezco ser feliz si alguien no lo es, debo engañar a alguien que amo, debo o no copiar en una prueba que de no aprobarla repruebo el semestre, debo o no hacer el bien sin buscar recompensa, debo o no robar incluso en situación de necesidad.

Quizás usted tenga otras interrogantes, solo planteo algunas de ellas. Las respuestas a muchas de las circunstancias presentadas más arriba creemos tener respuestas claras. Objetivamente y legalmente existen leyes que guardan el orden de no robar. Sin embargo, nos vemos enfrentados a debates si se debe o no llamar robo a un saqueo en situación de necesidad, como lo ocurrido en el pasado terremoto y maremoto 2010. Estas preguntas creemos tenerlas claras en el escritorio, pero de la salida de la oficina todo cambia, todo se trasforma en sentimientos, sensaciones, puntos de vistas diversos que las circunstancias que rodean estas afirmaciones justifican y entregan.

Lo importante creo yo, es ir aprendiendo en la vida, que las cosas que hacemos, todas ellas tienen una finalidad. Por naturaleza nadie busca el mal, como dice San Agustín, “nos encontramos con el mal disfrazado de bien”. Las veces que nos hemos equivocado, es porque algo de bueno hemos encontrado en tales cosas. Creo necesario revisar nuestra lista de experiencias, de vivencias en las que hemos sufrido, porque hemos decidido mal. Frente a esto, la solución al parecer puede ser escoger el camino más difícil. Tratar de defender lo que creemos correcto y aquello que nos hace estar tranquilos como personas.

Los católicos tenemos un sacramento que se llama confesión o penitencia. Este sacramente permite revisar nuestra conducta y el sacerdote con preguntas y respuestas aclara en nombre de Dios nuestra vida. Para este sacramento hay que ser humildes, en primer lugar arrepentirnos de lo que hemos hecho, y luego enmendar el mal cometido con una penitencia que manifieste el sentido de arrepentimiento y de restaurar aquello que se ha roto o fracturado por el mal que hemos hecho o el bien que hemos dejado de hacer y que era nuestra responsabilidad hacer.

Los psicólogos, por medio de un examen o test nos ayudan a reconocer los dones que tenemos y poder lograr un cambio significativo a nivel conductual. Las conductas reiteradas siempre son indicios de permanencia. Insisto. Por ejemplo, ver qué cosas se repiten inumerables veces y no cambiamos, porque simplemente esas cosas nos gustan y nos fascinan y todas ellas se repiten una y otra vez. En esos casos, es bueno conocerse, saber los propios limites, y desde ahí poder buscar estrategias para enfrentar aquellos que luego que nos gusta nos pasa la cuenta.

Preguntarnos si esto nos afecta objetivamente,  con eso que es un vicio, y hacer algo al respecto es de sabios. San Agustín dice también,  ¿quién, por miedo a la cura, oculta su herida para no ser curado, siendo todo lo contrario un bien necesario que nos merecemos? Siempre que estamos equivocados, nos cuesta reconocerlo. De hecho es divertido darnos la oportunidad de correlacionar cosas pasadas tiempo atrás y compararlas actualmente. Hay cosas que en el pasado nos gustaban, y con el tiempo hemos cambiado, por respetar un estereotipo aceptable por la sociedad y dejado por repudio. Generalmente corresponde a una etapa de búsqueda de la propia identidad.

Sin escaparnos del tema que nos convoca, la eterna pregunta tiene que ver con esto último. Las reiteradas cosas  que ameritan una pregunta moral. Es aceptable o no es aceptable lo que hacemos. Podemos vivir aislados del mundo, tener nuestra propia forma de vivir las cosas, pero la moral nos introduce en un ambiente humano, donde existe el respeto y la diversidad.

Aceptar la moral tiene que ver con aceptar la realidad, aceptar sus códigos. Aunque digamos que no aceptamos esos códigos, siempre estamos en constantes interrogantes. Vivamos la vida con libertad. El amor nos hace libre. Y porque somos libres porque podemos amar. El amor es siempre la solución de todo egoísmo, de toda moral no aceptada. Amar tiene que ver con nosotros mismos y con alguien más, tiene que ver con la sociedad, tiene que ver con la comunidad, con el mundo y con el aire, con las aguas y los animales. Todo simbióticamente homogéneo. Aceptar una moral, es aceptar que somos capaces de amar. El amor es lo totalmente racional y a la vez lo incomprensible. El amor nos trasforma y nos eleva, nos hace subir de categoría.  La eterna pregunta entonces es una eterna sin respuesta, que con el tiempo seguramente responderemos. 

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